PUROPUEBLO

Prólogo

Cuesta creerlo, pero es verdad. El 2003 se cumplen los treinta años del golpe militar en Chile y para todos aquellos que sufrieron sus consecuencias va a ser una fecha de reflexión y tristeza. Cuando se vive décadas bajo los efectos de esa acción demoledora de vidas y utopías se siente que el tiempo no pasa. Si la herida no está, aún se ve la cicatriz. Si la llaga está viva, ésta duele. El dolor no se mide con el calendario.

Entre 1970 y 1973 Chile vivió un momento de intensa originalidad en su historia. Por primera vez un presidente que se confesaba marxista, apoyado básicamente por los partidos de izquierda lograba el triunfo en las elecciones presidenciales del mes de septiembre 1970. El candidato triunfante se llamaba Salvador Allende y prometía caminar la vía pacífica hacia un socialismo democrático. Su mensaje había cautivado a muchedumbres. Es un error común que aún no se corrige lo suficiente de que el gobierno de Allende era comunista. Esta es una visión limitada que podrá entender muy bien cualquier demócrata en Europa. Los hombres y mujeres que apoyaron al nuevo presidente eran comunistas, socialistas, centristas, cristianos, hippies, independientes y jóvenes que no tenían otra militancia que sueños de justicia.

No corresponde en la introducción a un libro de fotografías volver a analizar los motivos por el cual éste gobierno fracasó. Las culpas propias de la coalición gobernante y las poderosas culpas ajenas documentadas en las actas del Senado de los Estados Unidos han sido expuestas en múltiples libros y documentos. Lo que sin embargo nadie puede explicar con total claridad es porqué ese proceso que apenas duró mil días en un país remoto atrajo y capturó la atención del mundo occidental y parcialmente de otros continentes, hasta el día de hoy.

Lo seductor en la promesa y los esfuerzos de Allende eran que los cambios iban a tener lugar en plena libertad y dentro de una constitución creada en democracia. En Chile la mayoría del país que apoyaba a Allende no tenía simpatía por los regímenes autoritarios de los socialismos reales, y si se les hubiera ofrecido eso, el candidato Allende no habría obtenido votos para salir elegido.

Allende hizo acaso la mitad de las cosas mal y la otra mitad bien, pero en lo que no falló fue en defender la libertad de todos, partidarios y opositores, hasta tal grado que observadores extranjeros confesaban que ocasionalmente la libertad había desembocado en libertinaje. Además el camino seguido fue pacífico. La violencia vino de otro lado y justamente comenzó días antes de que Allende asumiera el gobierno cuando grupos terroristas de ultra derecha asesinaron al Comandante en Jefe del Ejército René Schneider con la esperanza de desencadenar un caos que impidiera la llegada al palacio presidencial del candidato ganador.

Durante los treinta y tantos meses que duró el gobierno de la Unidad Popular la gente se sintió dueña de las calles y de una esperanza. El pueblo se expresó sin estar masivamente encuadrado en ideas o filosofías revolucionarias. Fue una simple y natural expansión de su alegría por el cambio y la emoción de verse acompañado en estas ansias por cientos de miles. Las masas que apoyaban a Allende estaban formadas por personas que conocían y sufrían los problemas reales pero no eran fanáticos adoctrinados, y de marxismo leninismo sólo conocían algunas consignas que gritaban con felicidad lúdica a toda hora. Este temperamento desbordaba a los cabecillas y a los dirigentes políticamente cultos y a veces los sorprendía.

El escenario natural de esta manifestación masiva de vida fue la calle. Cada vez que había un problema real motivado por la derecha, los empresarios, los comerciantes, que amenazaban o practicaban huelgas o mercado negro para proteger sus intereses, el pueblo salía a las calles a hacer una "manifestación". Para este acto se preparaban con el entusiasmo con que los niños asisten a una fiesta de cumpleaños. Y en verdad, todo parecía un juego inocente hasta el momento que el terror mostró su cara real.

Las fotos de John Hall encuentran al pueblo en un estado de tranquilo trance, de optimismo irreflexivo, de gargantas líricas y poéticas, de muros pintados con todo el espectro de la acuarela, de canciones felices e irónicas, de teatro y cine combativo, de banderas que ondeaban en los desfiles populares como volantines de niños en los parques de septiembre. No era una revolución, era una fiesta ruidosa, colorida y quienes participaban en ella quizás al volver al silencio de sus casas se preguntaron si realmente esa marea humana podría hacer flotar el barco semi-hundido del presidente constitucional. Las canciones recogían el espíritu de la época. La gente sentía que había crecido. El poeta uruguayo Mario Benedetti veía en esto una forma del amor: "y en la calle, codo a codo, somos mucho más que dos" o "el pueblo unido jamás será vencido". Más que órdenes éstas eran expresiones de buenos deseos.

A mi modo de ver John Hall consigue algo prodigioso, rara vez visto en los artistas de la cámara. En sus fotos de masas logra un equilibrio perfecto entre multitud e individuos, entre intimidad y expresividad, entre una corriente colectiva y una esperanza privada. Es asombroso ver cómo la fuerza compacta de las asambleas adquieren un valor poético gracias a la finura del detalle. Si quisiera mostrarle a un extranjero o a alguien de la generación más joven que se interesa por la política y la historia de este nuevo siglo, quién fue Chile entre 1970 y 1973, le pediría que estudiara las fotos de John Hall. En las miradas personales, en las sonrisas o los gestos meditativos, en un cierto dejo de tristeza, en el grito que busca autoanimarse, hay señales claras de la temperatura que animó a ese pueblo, que se movilizó por un destino y que encontró el 11 de septiembre del 73 una anónima sepultura. O la única "felicidad" de una lápida para aquellos familiares que tuvieron la "suerte" de encontrar el cuerpo de sus asesinados.

El pueblo en estas imágenes participa casi como coautor del artista que los expresa. Si uno va al detalle de cada una de estas fotos, verá un momento tan intenso de acción que se diría que el modelo tiene conciencia de la pose. Los rostros aparecen como movidos por un impulso dramático. Mucho de esto lo suele lograr un fotógrafo cuando tiene a sus modelos en un estudio, donde puede controlar todos los elementos de su obra. Pero lograr un efecto de perfección en la algarabía de las calles es una hazaña que pocos han conseguido.

Saludo con entusiasmo el trabajo de John Hall. En un momento complicado de la historia latinoamericana supo vivir en Chile y el pueblo agradecido le mostró su verdad. Es muy bueno que a treinta años del golpe de 1973 surja este torrente fresco de vida, que junto con conmemorar una fecha trágica, dona en las miradas de estos antihéroes callejeros señales claras de esperanza.

Antonio Skármeta, Escritor
Embajador de Chile en Alemania hasta febrero 2003.

 
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